Justo después de salir del segundo sitio al que él la llevó en su primera cita: un bar de vino muy chic y decorado con tonos extraños, fuertes, profundos y tal vez efímeros -como el amor- caminaron los dos de gancho en medio de una de las más fuertes tormentas de nieve de ese invierno que sin duda alguna, y como todos los inviernos, parecía eterno.
Ella vestía un abrigo blanco que la protegía perfectamente de tal tempestad. Él, por el contrario, portaba una chaqueta corta más bien diseñada para un invierno londinense pero no, definitivamente no para un febrero neoyorquino. Ningúno de los dos, eso sí, calzaba los zapatos adecuados, por fortuna, porque así fue que terminaron de gancho después de que ella se resbalara repentinamente al intentar caminar sobre una acera cubierta de blancos papelitos que ya se habían acumulado para formar una capa de más o menos quince centímetros. Él los condujo pacientemente en medio de miles de resbaladas hacia Washington Square y allí, a pesar de la fuerza del clima - y muriéndose del frío- accedió a tomar algunas fotos, fotos que resultaron desenfocadas e ininteligibles, tal vez porque sus manos temblaban tanto como su corazón, eso esperaba ella por supuesto. Ella, por su parte, deseaba lanzarse encima de los acumulados de nieve y de pronto delinear un angelito con movimientos acertados de sus extremidades. Sin embargo, sus nervios y la intención de mantener la altura y comportarse decentemente - al menos en la primera cita por favor!- la mantuvieron al márgen de tremenda espontaneidad.
Después de disfrutar de un Washington Square románticamente cubierto en malteada de coco, caminaron ya sin rumbo determinado. ¡Ella feliz! Ya que el caminar significaba que él ofrecería su fuerte y musculoso brazo para ayudarla a navegar, y una vez más su delicado -y un tanto apaleado corazón- latiría emocionado dada la pequeña ilusión momentánea que se empezaba a tejer en su alma. Era ya hora de terminar el encuentro, y en medio de calles ya sin señalización (todos los letreros verdes estaban cubiertos de nieve) juntos caminaron en búsqueda del icónico medio de transporte Neoyorquino: Un Yellow Cab. Como acordado, abordarían el mismo taxi hasta la Calle 38 del lado Este de La Isla donde él partiría a encontrarse con otros amigos. No fue difícil encontrar uno por suerte, ya que minutos después sus labios se confundían en un danzar acompañado por millones de copitos blancos que hicieron el papel de expectadores y música de fondo al mismo tiempo, cayendo suave y a veces repentinamente sobre el caparazón del vehículo. La danza era lenta, intensa, sensual, tan cercana. Acompañada de un bandoneón interpretado con pausas inesperadas y de bits que se amplificaban perfectamente en el corazón. Fue un beso de Tango electrónico. Memorable, irrepetible.
Meses después, las flores y el olor a comienzo adornaban los sentimientos de dulzura, cariño, confusión y tal vez amor de aquellos dos que se habían besado por primera vez en medio de una tormenta de nieve en un taxi amarillo de Nueva York, y ahora se despedían por penúltima vez mientras sorteaban la congestión de la parada del subway de la Calle 14/Union Square. Normalmente despedirse en la Calle 14 no significaba mayor cosa pero esta vez, esta penúltima vez estaba inundada de dolor enmascarado, de tristeza irreparable. Ya no había nada que hacer. Los dos aparentaban no sentir lo que sentían, no querer llorar a cántaros, no saber que el final se acercaba. Se dijeron adiós sin mucha pompa, como si no supieran que era uno de los últimos dos adioses. Ella bajó su cabeza conteniendo el deseo de seguirlo con la mirada hasta que el tren arrancara. Él también se contuvo y no miró hacia atrás. Pero ya cuando las puertas del vagón se cerraban y restaban sólo segundos para contemplarse, ella -instintivamente- alzó su mirada al mismo tiempo que él, ya afuera del vagón y con un gesto muy varoníl salpicado con el toque perfecto de ternura y cariño, giró su cuerpo y alzó su mano hasta el nivel de sus labios para enviarle el beso volador mas sexy y amoroso que ella había hasta entonces recibido. El beso, despues de viajar por entre pasajeros que entraban y salían sin orden alguno, y escabulléndose a través de los milímetros que quedaban de espacio entre las puertas eléctricas que ya se cerraban, se posó lo más rápido y acertadamente posible en sus labios de color rosa intenso. Los labios aún lo recuerdan (al beso). Ella siempre recordará (al caballero).
Saturday, July 9, 2011
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