Thursday, December 3, 2009

La Niña de La Huaca

Lucía me visitaba todas las mañanas y desaparecía cada noche. Yo sabía que ella era la niña de La Huaca. Lo supe desde esas tres noches en que la seguí y vi desaparecer junto al árbol en forma de Fauno, suspendida en el espacio. Todo concordaba con lo que las abuelas siempre han relatado: los espíritus indígenas de las huacas que no han sido desenterradas rondan por los pueblos, viven en las huacas y desaparecen encima de dónde aquellas se encuentran enterradas.

Era mi amiga desde que yo tenía 6, y-como quien dice- parte de mi familia a partir de mi cumpleaños número 7. Cuando nos conocimos llevaba un vestido dorado, largo y detalladamente decorado. Mi abuela me había enviado a recoger 10 mangos para la visita y, como la cosecha había estado escaza, tuve que ir más allá de lo acordado. Lucía caminaba lentamente. Un poco sin ritmo, un tanto con toda la seguridad con la que los campesinos suben la trocha cuando exploran el terreno. Ella me habló primero, pero yo no le entendí. Su voz sonaba un poco empolvada. Me siguió y resultamos bajando los mangos y cayéndonos en el barrial juntas como si nos conociéramos de hace siglos.

A la semana siguiente, mientras yo llevaba a pastar a las ovejas, Lucía llegó, me saludó y (con una sonrisa de travesura) me dijo que tenía algo increíble que revelarme. Me temblaban las rodillas y el alma, pero muy de su mano me encontré levitando por un túnel excesivamente iluminado y de energías intensificadas. Tanto así, que hubiera preferido el tradicional camino tenebroso y oscuro. -En cuanto a la sustancia pegajosa y fría que aún habita en forma de parche azul en mi pelo, bueno, ahora agradezco su hazaña de químico colorante ya que ayuda a que esta historia les suene a todos ustedes tan cierta como lo verdadera que es-. Pero volviendo a la historia, al final del túnel, y para mi gran decepción, me encontré (de pie) exactamente en el mismo lugar donde la transición hacia mi otro mundo había comenzado: al lado del árbol en forma de Fauno.

"Sólo quería mostrarte La Huaca. No te preocupes, un día podrás entrar", me dijo Lucía.

Emprendimos aquel misterioso viaje muchas veces, siempre con el mismo resultado austero y malagradecido. Yo nunca pude ver la bendita Huaca aunque siempre creí en ella, siempre.

Esta noche me doy cuenta de que Lucía tenía razón, esta noche todo me es coherente. En medio de esta claridad infinita en la que me encuentro veo que todo siempre tuvo un sentido, una intención: el cariño de mi familia hacia Lucía, la ausencia de preguntas, el percance aquel que hizo que yo perdiera la memoria. Llegó la hora del comienzo y también del final, me dijo ella mientras caminábamos al lugar donde desaparecía todas las noches y en donde La Huaca yacía hace más de mil años. "No tengas miedo"- dijo Lucía, mientras yo desaparecía.

Yo soy la verdadera niña de la Huaca, siempre lo he sido. Lucía tomó mi lugar por unos años tal vez por castigo, tal vez por amor. No sé si voy a estar aquí siempre, no sé si es mi destino encontrar a otra niña para cambiar esta realidad. Tal vez el hechizo se rompa cuando simplemente me encuentre a mí misma.